Cali, noviembre 7 de 2026. Actualizado: viernes, noviembre 6, 2026 23:40
Dra. Natalia Álvarez Aguado
Directora Medica del Centro Medico Integrativo Mana, Master en Nutrición y Dietética Humana, Psicoterapeuta Transpersonal, Medicina Tradicional China, Terapia Neural.
Por estos tiempos estamos cargados de una palabra que engloba muchas situaciones; pacientes diariamente en la consulta lo toman como ansiedad, angustia, sensación de desasosiego, vacío, presentimiento, pensamiento permanente, sensación de enfermedad, premonición, existen muchos sinónimos más pero se derivan de la palabra que engloba todo: “MIEDO”.
En estos momentos nos enfrentamos a una pandemia, pero adicional a esto procesos económicos que se venían activando años atrás, generando carencias, pérdidas tanto materiales y físicas.
En los últimos años, el estudio de las bases neurobiológicas del miedo se ha centrado en una región cerebral concreta: la amígdala, una pequeña estructura alojada en el seno del sistema límbico (nuestro «cerebro emocional»).
Esta área desempeña un papel clave en la búsqueda y detección de señales de peligro. Se podría decir que trabaja de forma análoga a un detector de humo: permanece inactiva hasta que el más mínimo estímulo amenazante la pone en marcha.
Si no tuviéramos amígdala, probablemente no sentiríamos miedo, como les sucede a las personas que sufren la enfermedad de Urbach-Wiethe, una patología genética poco frecuente que produce una calcificación lenta de la amígdala.
Pero se ha investigado recientemente que diversas áreas cerebrales se encuentran implicadas en la sensación de miedo, a saber, la ínsula bilateral, la corteza cingulada anterior dorsal y la corteza prefrontal dorsolateral.
Procesa la información de los sentidos y las emociones que provienen de la amígdala, de manera que nos permite afrontar las situaciones importantes o amenazadoras.
Asimismo, participa en la conversión de un estímulo neutro a uno condicionado (que genera miedo), de modo que predice y anticipa las posibles consecuencias negativas del mismo.
Por su parte, la corteza cingulada anterior dorsal ejerce un papel relevante en el aprendizaje del miedo y en la conducta de evitación, así como en la experiencia subjetiva de ansiedad.
Imagínese que se encuentra paseando por la calle y, de repente, alguien se dirige hacia usted de forma amenazadora, con clara intención de atracarle. Antes incluso de que sea consciente de ello, su cerebro activa una compleja red de «mensajería» con el fin de evitar la amenaza. Su cuerpo adopta las medidas necesarias para protegerle del atraco: empieza a sudar, su corazón se acelera y sus piernas intentan correr en dirección contraria.
Esta respuesta de miedo le podría salvar la vida (o, en este caso, la cartera); pero también puede convertirse en problemática si a partir de aquel día deja de salir a pasear incluso sabiendo que no existe ningún peligro.
La literatura señala que las emociones negativas que aumentarían la ingesta de alimentos serían la: ira, apatía, frustración, estrés, miedo, pena, ansiedad, inquietud, la soledad y el aburrimiento, afectando las respuestas alimentarias y señalando, además, que la ira es una emoción que influye de manera importante en el comer por atracones.
Por el contrario, el aumento en la ingesta de alimentos frente a emociones positivas ha sido poco estudiado y no se ha relacionado con exceso de peso; Geliebter et al. y Bongers et al, evaluaron la ingesta de alimentos en individuos de distinto estado nutricional, indicando que las personas con exceso de peso, comían más frente a emociones negativas mientras que las personas con estado nutricional normal aumentaban preferentemente su ingesta frente a emociones positivas.
La segunda teoría psicosomática es la establecida por Kaplan y Kaplan, que indica que el aumento de la ingesta alimentaria es una conducta que se utiliza como una estrategia al afrontamiento de emociones negativas y que es de carácter disfuncional, ya que, en situaciones fisiológicamente normales, cuando aparece la angustia disminuye el apetito, activándose el Sistema Nervioso Simpático (SNS) y reorganizando el fluido sanguíneo hacia el aparato digestivo. Pudiendo afectar la síntesis de neurotransmisores, entre los que se destaca la serotonina.
Aquellos alimentos que provocan placer y satisfacción son aquellos altos en grasas, altos en azúcares y altos en calorías; por tanto, se dice que el comedor emocional consume alimentos del tipo reconfortante o food comfort para el manejo de sus emociones negativas y que tal conducta, lo llevaría a una sobrealimentación.
La serotonina la podría activar especialmente alimentos ricos en triptófano, que por lo tanto, aumentan los niveles de serotonina, se encuentran el pavo, pollo, pescado, huevos, tofu, soja, semillas de ajonjolí y de calabaza, nueces, cacao.
Sin embargo, para sintetizar serotonina, el cuerpo necesita además de triptófano, ácidos grasos omega 3, magnesio y zinc. Por tal motivo, alimentos ricos en magnesio como los plátanos, las nueces, las legumbres, las verduras y el germen de trigo, también son considerados antidepresivos naturales, ya que actúan favorablemente, para el aumento de la serotonina.
Si entre tus propósitos estar cambiar tus hábitos te invito a que consultes con nosotros, www.centromedicomana.com, o en mis redes sociales en Instagram: @dra_nataliaalvarez o en la página Facebook: @centromedicomana; los esperamos con una mirada integral de la enfermedad o para solicitud de citas via WhatsApp (+57) 310 821 1543 en el Centro Médico Integrativo Maná.
*Directora Médica del Centro Médico Integrativo Maná, Máster en Nutrición y Dietética Humana, Medicina Antiedad, Psicoterapeuta Transpersonal, Medicina Tradicional China, Terapia Neural.
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