Ahora que se está hablado de una nueva reforma política –¡sí, otra!-, se ha empezado a hablar en círculos cerrados del Congreso de la República sobre la conveniencia de incluir un artículo que permita que los legisladores –y de paso los diputados y los concejales- cambien de colectividad por una sola vez.
Esto -que ya se ha hecho en otras oportunidades- es promovido por senadores y representantes que no están cómodos en sus partidos y quieren cambiar de carpa.
En la U, por ejemplo, hay un número minoritario -pero importante- de congresistas que quiere montar rancho aparte o pedir cupo en el Partido Liberal. Y en el Partido Conservador –otro ejemplo- hay congresistas deseosos de entrar al Centro Democrático.
Actualmente, quienes ocupan una curul y quieren cambiar de partido, no pueden hacerlo de forma inmediata, sino que deben esperar a que termine su periodo o renunciar y, en ambos casos, deben esperar al menos un año para matricularse en otra colectividad.
Mientras que una ley que habilite el transfuguismo, les permitiría trastearse sin necesidad de renunciar a su curul.
Desde que los partidos se convirtieron en tiendas de avales, son cada vez más los casos de senadores, representantes, diputados y concejales que rápidamente entran en confrontación con su colectividad, pues ingresaron a sus listas por cumplir un requisito o por simple cálculo electoral, no por identidad filosófica ni programática.
Si los partidos políticos tuvieran una verdadera cohesión ideológica, esta discusión no sería necesaria.
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