La crónica de Gardeazábal

Museo Rayo 40 años

Gustavo Álvarez Gardeazábal

El 20 de enero, mientras Biden se posesionaba y muchos fanáticos de los números me hacían comprender con 24 horas de anticipación el juego de anoche cuando a las 21 horas y 21 minutos del día 21 del primer año 21 del siglo 21 debíamos levantar la copa para matar el conjuro de la peste que carcome al mundo, en Roldanillo se celebraban en silencio y sin la algazara que se merece los 40 años de fundación del Museo Rayo.

Este epicentro de la cultura vallecaucana, recostado a los ventarrones frescos que cada tarde bajan desde la cordillera occidental, no solo se ha mantenido en pie sino que ha llegado a convertirse en el símbolo de toda una región que guarda veneración por el pintor ,escultor y dibujante Omar Rayo, un poeta sin igual de las formas geométricas.

Al Museo que lleva su nombre se entra con respeto, como si se introdujera en una de esas catedrales medioevales europeas y no al nicho de ocho octágonos unidos cual panal de abejas laboriosas por la visualización futurista que en 1980 llevó al artista y a un grupo de coterráneos y seguidores de su obra pictórica a patrocinarle.

Al entrar a esa pagoda que se ventila con el mismo sistema que los arquitectos aztecas usaron para mantener frescas sus pirámides, se siente la mano de Rayo, no porque allí esté su tumba bajo el epitafio genial” Aquí cayó un Rayo” sino porque al recorrer sus paredes se revisa la historia de ese dibujante asombroso.

Omar se hizo conocer inicialmente dibujando con mazorcas o canutillos, con palillos o cañas menudas, las carátulas de la revista Semana ,al concluir la década del 40 del siglo pasado, y llegó al final de su vida envuelto en la gloria con sus cubos y pirámides, triángulos y rombos, sus blancos y negros eternos o sus colores arrancados a los atardeceres vallecaucanos, exhibidos en la salones neoyorquinos o parisinos.

El esfuerzo de quienes han socorrido al Museo durante estos 40 años, encabezados todavía por el temple y la verticalidad creadora de la poeta Agueda Pizarro, su viuda, no ha sido en vano. Allí no solo se cuelgan los grandes artistas colombianos.

Allí se guarda y se enseña la memoria pictórica a los nuevos valores .Sus octágonos han albergado palabras brillantes de conferencistas mundiales y nos han honrado a quienes en sus inmediaciones sobrevivimos enarbolando el recuerdo inmenso del maestro, convencidos que con el paso del tiempo la majestuosidad de la pintura del siglo XX en Colombia sobrevivirá más por sus fantasmas que por los rasgos eternos de los otros tres genios, Obregón, Botero y Grau que cohabitaron su tiempo y espacio con su grandeza.

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