No se si los poderosos roscogramas que funcionan alrededor de la entrega de los premios Oscar sean capaces de impedir la selección de una película ,por atractiva o aplaudida que resulte ser.
Quizás el jurado sea asequible a esos tejemanejes, como lo es la Academia Sueca a la hora de adjudicar el Nobel de Literatura. Pero como la satisfacción de una buena película tiene tantos elementos constitutivos como los que se tiene en calidad de lector frente a un libro y existe la tendencia de que uno como espectador o como lector se sienta respaldado en su gusto cuando adjudican un premio, personalmente me gustaría que el Oscar de este año se lo dieran por alguna categoría a la película Cónclave.
La manera como ha sido construida para mostrar los intestinos de la reunión que hacen los cardenales para elegir un nuevo papa, no solo es instructiva sino que resulta muy atractiva porque maneja con precisión de relojero la tensión y , al mismo tiempo, desperdiga conocimiento sobre el ritual ocultista que ha manejado la Iglesia desde hace siglos para esos momentos.
Las presiones desde fuera y desde dentro, que son habilidosamente descritas por las actuaciones memorables de los actores que hacen de príncipes del catolicismo ,resultan verosímiles y llenas del picante de toda las caricaturas de los ejercicios del poder.
Y como todo se complementa con la narración visual de los temperamentos sicológicos de cada uno esos cardenales ,la película mantiene hasta el final el interés y también la constante percepción crítica de que los cónclaves de cardenales son unas pantomimas muy bien montadas para envolver en ornamentos eclesiásticos la importancia de la decisión que adopten.
Por eso cuando se llega al final y se elige de manera imprevista a un cardenal hermafrodita, el bombazo es duro contra la secularidad de la iglesia vaticana, acusada cuando no de machista y antifeminista si muy a menudo de maricona. Con Oscar o sin ella, hay que ver Cónclave.
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