Nuestra cultura occidental, y más específicamente nuestra manera de entender el mundo, ha estado marcada de forma determinante por la influencia del cristianismo europeo y su desarrollo social, político y cultural.
Dos mil años de cristianismo definitivamente dan para todos los gustos. Y es que, a lo largo de estos siglos, muchos han buscado «domesticar» el cristianismo para ponerlo al servicio de necesidades personales e institucionales de poder.
La Iglesia católica romana, que durante muchos siglos fue la institución dominante en la interpretación y transmisión de la fe cristiana en Occidente, también consolidó estructuras de pensamiento y autoridad que, en diferentes momentos de la historia, facilitaron el control de la población y la legitimación del poder.
La Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517 con sus 95 tesis, abrió el camino a otras formas de entender la fe, cuestionando la autoridad religiosa establecida y promoviendo un retorno a las Escrituras y a algunas convicciones de los primeros cristianos. Y así, entre avances, retrocesos, encuentros y desencuentros, llegamos a nuestros tiempos, en los que encontramos visiones que suelen calificarse, no siempre acertadamente, como «conservadoras» y otras como «progresistas».
Usted, al igual que yo, puede tomar posición y decir: yo creo en esto y yo creo en aquello. Al fin y al cabo, tenemos libertad de conciencia. Pero lo verdaderamente importante no es a qué lado nos sentimos más cercanos, sino hacernos una pregunta: ¿qué pensaría Jesús en nuestro tiempo?
La figura de Cristo Rey adquirió una expresión litúrgica particular en 1925, cuando el papa Pío XI instituyó esta celebración. Y, aunque su intención era reafirmar la soberanía de Cristo frente a los poderes y las corrientes de pensamiento de su época, no podemos confundir esa realeza con las figuras humanas de poder, las monarquías o los modelos de dominación que conocemos.
Jesús es Rey, sí, pero su reinado se manifiesta en la entrega de su vida por la verdad, en la libertad que nace de ella y en la defensa de la justicia. Vino a mostrarnos que ante Dios no valen el estatus social ni las riquezas terrenales; que no hay personas de primera o de segunda categoría y que usted y yo no somos merecedores del amor de Dios por lo que hacemos, por cómo lo hacemos o por lo que tenemos o dejamos de tener. Nuestra dignidad humana no depende de ninguna de esas condiciones: es inherente a nuestra existencia, un regalo de Dios.
Así que ese tal Cristo Rey que justifica, ampara, patrocina o impulsa la venganza, la muerte y el aplastamiento de otros no es el Jesús de los cuatro Evangelios que encontramos en ese libro que llamamos Biblia. Ese personaje inventado para justificar la tiranía no es más que una desastrosa interpretación de quienes parecen no haberse detenido a leer siquiera un capítulo completo de alguno de los Evangelios.
Mi invitación, hoy, es a que usted y yo busquemos la verdad del Evangelio allí donde realmente podemos encontrarla: en los Evangelios. Allí descubrimos la verdadera posición de Jesús frente a la justicia, la verdad y el poder.
No nos dejemos deslumbrar por figuras de Jesús que parecen sacadas de una película de superhéroes, revestidas de fuerza, venganza y autoridad, pero despojadas de aquello que verdaderamente caracterizó su vida y su mensaje.
El verdadero Reino de Dios es justicia, misericordia, verdad y paz.
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