Voto obligatorio y lista cerrada

Después de pasar la vergüenza de ver a Sofía Vergara exhibida en una tarima rotatoria en la entrega de los premios Emmy, como si se tratara de una mercancía en cualquier calle de Ámsterdam, sin sonrojarse, e igualmente ver a ‘Popeye’, jefe de sicarios del cartel de Medellín en libertad, después de haber confesado todos sus crímenes, no queda más que guardar silencio y pensar que somos el rey de burlas de un mundo donde pretendemos haber superado el ridículo y la caricatura.

Pero si en estos temas nos va tan mal, igual acontece en nuestra arquitectura política. Debería darnos pena ser de las pocas democracias donde es un pecado reelegir al presidente

A estas horas, y cuando se tramitan los consensos para una reforma política, al establecimiento santista le da pánico la reelección, pues cree el presidente Santos que la reelección debe llevar el sello de la traición.

De todo lo que se va a negociar en la reforma política, el voto obligatorio y la lista cerrada son los puntos que pueden contener la vigencia de las empresas clientelares y reivindicar la conexión entre la opinión pública y las organizaciones partidistas.

Rompería el reinado del voto comprado, convocaría obligatoriamente a las clases medias urbanas dando curso al ejercicio inaplazable de construir partidos y no los acuerdos coyunturales que han sido una tortura para esta generación, que desde la Constitución del 91 se comió el cuento que una carta magna confusa, profusa y difusa, era la cristalización de la frase perversa del expresidente Gaviria: “Bienvenidos al futuro”.

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