Vergonzoso

El asilo político constituyó una institución a la que apelaron libertarios, disidentes, rebeldes, pensadores y luchadores políticos que pretendieron con su compromiso y ejemplo patriótico, cambiar las condiciones de injusticia e ignominia de sus naciones.

Los exiliados fueron objeto de nuestro respeto y solidaridad; su inquebrantable existencia inspiró la continuidad de sus ideales desde las distintas orillas donde fuese posible agenciarlos.

Esta figura humanitaria y política del derecho internacional ponía a salvo a los sacrificados, perseguidos e incomprendidos hijos de una patria sin garantías ni democracia.

Pero hoy asistimos a su degradación, están pidiendo asilo los que han defraudado el país, los que lo ultrajaron con su mal ejemplo, los sancionados no por delitos políticos, que supone cierto altruismo –que es la esencia y connotación especial del delito político-, lo están solicitando, en cambio, avezados delincuentes de cuello blanco, que luego de fracasar en su intento de justificar su torticero proceder ante los tribunales de justicia, se filtran por las alcantarillas de la desvergüenza hacia el extranjero, para desde allí burlarse del país que apenas ayer ‘gobernaron’ o deshonraron.

Qué pensará de este sórdido escenario el padre de familia que comete un hurto famélico y termina condenado después de un juicio sumario o los millones de jóvenes que convidamos para que actúen sometiéndose al imperio de la constitución y la ley.

Qué estarán sintiendo los funcionarios que fueron requeridos y empapelados por la excontralora Morelli, que sin haber sido aún sancionada ya anunció que se quedará en Roma disfrutando de la dolce vita.

Hay que tener mucha fe en el cambio, en el futuro o ser tan obstinadamente apático para no gritar de indignación como en los años 70: “que cambie todo y en toda parte”. Colombia lo precisa.

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