Todos nos comparamos. Aunque no lo aceptemos, es común que pensemos qué tan arriba o qué tan abajo estamos de otros (generalmente cercanos) en aspectos en los que, asumimos, deberíamos partir de condiciones similares, como salario y patrimonio, estudios, apariencia física, popularidad, bienes materiales y hasta felicidad, entre otros.
¿Vale la pena comparase? La respuesta es No, pero también Sí. Permítame explicarme.
“Desiderata” es un poema que algunos atribuyen al estadounidense Max Ehrmann, en 1927, y otros dicen que es un texto antiguo, convertido en canción, que expresa que “si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado”, en una concreta forma de advertir el riesgo de compararse mal; de convertir la comparación en una preocupación que lleva a no satisfacerse con lo propio, y a frustrarse porque lo propio se considera de menor valor que lo de los otros.
Quien mal se compara demerita sus logros, cualidades, conocimientos y pertenencias, y se obsesiona con alcanzar lo que no tiene, sin ser consciente que hay variables, como el azar, el entorno, las relaciones o la naturaleza, entre otras, que nos han puesto en el momento y lugar que la vida nos tiene, con sus pros y contras.
La persona que así actúa se vuelve resentida, rencorosa y desagradecida con la vida. Absurdamente se cuestiona por qué no tiene lo que otros sí, se victimiza y considera que la vida es injusta.
Toda comparación es positiva si se hace para tener referentes de mejora; para buscar respuestas a qué debo hacer o cómo debo actuar para alcanzar y lograr lo deseado, y qué puedo aprender de los logros de otros para mejorar.
Si la comparación viene acompañada de rabia porque el otro tiene algo y se cree que no se lo merece, se fomenta el odio y una conducta de pequeñez. Reina la envidia por sobre el propio esfuerzo y trabajo.
La comparación sirve para fijar estándares, hacer estudios, identificar realidades y trazar nuevas metas.
Por ejemplo, el índice per cápita de los países se usa como punto de partida de las políticas públicas.
Y hablo de realidades, no de esfuerzos, sueños, deseos o injusticias. Como en el deporte. El atletismo, por ejemplo, es la mejor expresión de las comparaciones.
Los registros de cada corredor les dicen su realidad, independientemente del esfuerzo, suerte, justicia o preparación. Y aterriza a quienes añoran ser mejores que el rival.
Así, en la vida, como enseña el olimpismo, más que ganar, lo importante es competir, y estar en carrera. Porque en cada competencia solo puede haber un ganador.
Metafóricamente, la vida nos ofrece la posibilidad de disputar indefinidas de carreras, y cada uno escoge cuáles correr.
Nuestras diferencias nos dotan de potencialidades en unas áreas y de oportunidades de mejora en otras. Quien es muy hábil, inteligente, talentoso o fuerte en un área no lo es en todas.
Contrario al espíritu de lucha y competencia que nacen de la comparación, la acción opuesta también es cuidadosa: la resignación mal llevada.
No la que acepta que el azar juega en nuestras vidas y que en algunos campos nuestras posibilidades son limitadas, sino la que lleva al desgano, la falta de motivación, la entrega sin motivo y la desesperanza.
El punto medio, el equilibrio emocional, parte del reconocimiento de que como humanos, somos imperfectos, que siempre habrá alguna dimensión de nuestra existencia (cuerpo, inteligencia, habilidades, entorno…) que podría ser mejor pero, al mismo tiempo, en valorar y agradecer lo que se tiene (fuerza, conocimiento, belleza, talento…).
Toda comparación debe inspirar y motivar, pero nunca frustrar. Hay que valorar lo que tenemos y aprender otras formas de vivir para avanzar.
Toda comparación de valores humanos es positiva, porque nunca será negativo actuar para ser más generoso, valioso, caritativo, servicial, buen padre o madre, trabajador, responsable, ordenado… y si la comparación con la buena conducta de los demás nos ayuda a aprender y a cambiar para bien, maravilloso.
Si cultivamos nuestras potencialidades más que obsesionarnos por lo que difícilmente o de forma imposible podría darse, es posible que hallemos tranquilidad de espíritu.
Paradójicamente la vida está llena de contrastes y mientras muchos envidian que su vecino gane más dinero o tenga mejor carro, éste puede estarle envidiando a Usted por tener una familia más estructurada o más tiempo para compartir.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar





