Hay pánico en las aristocracias bogotanas. Cortesanas y cortesanos, bufones y magos, corren despavoridos. La casa Gaviria ya lanzó la voz de alerta. La casa Santos ya lo hizo convirtiendo la fundación Buen Gobierno en la jefatura de debate para la reelección.
La casa Galán ubicó estratégicamente a sus dos primogénitos, uno en el Partido Liberal y otro en la jefatura de Cambio Radical. La casa Lleras se encuentra en un dilema, como si se tratara de averiguar el sexo de los ángeles.
El fantasma, que tanto asusta, es ni más ni menos que la decisión del expresidente Uribe de encabezar la lista al Senado por el Centro Democrático.
Quienes deben estar muertos del pánico son aquellos a quienes los dos períodos del expresidente los sacó del anonimato, convirtiéndolos en personajes nacionales y hoy se encuentran al servicio del santismo.
Los amigos de ayer son los ingratos del presente, todos bañados por el manto de la traición. Sin Uribe todos serían unos ilustres desconocidos.
Las argumentaciones contra la aspiración de ser senador no pueden interrumpir una propuesta política que no es otra cosa que la reivindicación de los logros de la seguridad democrática, que sentaron las bases para que Colombia rompiera con un pasado donde la hegemonía de las Farc marcaba la escena política.
Las elecciones parlamentarias de marzo serán, para rabia de los traidores, unas elecciones presidenciales, donde los colombianos van a votar por la restauración de la dignidad, contra la entrega de la democracia formalizada en La Habana, bajo la consigna de terminar el conflicto armado, tendiendo un manto de impunidad.
El expresidente Uribe cambiará a partir de marzo el mapa de la política, pues los cálculos más pesimistas indican que su lista al Senado obtendrá 4 millones de votos, convirtiendo a Colombia en la práctica en una república parlamentaria.
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