Uribe en Cali

Cualquier observador que se hubiera asomado de manera meticulosa el fin de semana a cada uno de los actos que presidió el expresidente Uribe en Cali, quedaría asombrado por el inusitado fervor que su presencia despierta.

Apuntaría el observador que estos fenómenos de liderazgo son extraños en Latinoamérica, cuando el líder ya no ejerce el poder.

Cada uno de los pasos fue debidamente aprovechado por Álvaro Uribe, para hablarle a la gente de lo que quiere escuchar y recordar, con una conexidad casi mágica, con la ruta de campaña dictada por el candidato Óscar Iván Zuluaga.

La clave de esta conexidad es que la estructura programática del candidato ha encontrado en Uribe, su gran agitador ideológico.

Igualmente el observador no cambiará sus gestos de sorpresa, cuando le cuenten que el ejercicio agitacional Uribe, es ignorado de manera sibilina y premeditada, como si se tratara de un libreto perverso por los grandes medios de comunicación, que cuando no maquillan, condenan la ruta del senador electo, a un rincón cualquiera de las páginas interiores.

En Cali todos y cada uno de sus pasos le recuerdan al observador cómo han sido las parábolas de los grandes caudillos. Su impronta marca el destino y el presente de las coyunturas políticas.

El camino de Uribe se fue desenvolviendo del centro a la periferia. Inició en un restaurante, pasó por Palmira, aterrizó en Aguablanca, registró en los medios, para así, poco a poco, rematar, como en los tiempos de antaño, apoteósicamente en Yumbo y Florida, cuando los grandes oradores llenaban las plazas públicas, sin pantallas de televisión, sin reguetoneros, ni grandes orquestas.

En conclusión, esta gira fue una lección para todos aquellos que dejaron la política y el amor por las ideas, como fundamento de las maravillas de la retórica culta.

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