Las imágenes hablan por sí solas: donde hace pocas semanas moría de sed el ganado como tirado en un desierto y los cadáveres de los peces alfombraban los cauces secos, ahora son regiones inundadas que dejan ver las copas de los árboles y los techos de las casas inmersos en un mar de muerte.
Esto explica que a los sistemas políticos poco les ha interesado la conservación del planeta a pesar que su destrucción por causas ambientales se advirtió desde los textos bíblicos, de la memoria colectiva, en poemas y en la literatura.
Daniel anuncia para el apocalipsis la cuarta bestia como una terrible máquina devoradora. El jefe Piel Roja, en 1854, con un mensaje ecológico dice a los depredadores que ellos caminarán hacia la destrucción rodeados de gloria. García Márquez con El Cataclismo de Democles (México, 1986) fustigó a los destructores por ser responsables del próximo desastre universal.
El Papa Francisco en su Encíclica Verde (2015) responsabiliza a los estados que convierten al planeta en un depósito de porquerías. Que no se inmuten ante estas voces, hasta pasa. Lo preocupante es que ni las alarmas de los drásticos cambios climáticos, cuyas altas temperaturas provocan deshielos polares e incendios forestales, los conlleve a detener la contaminación y la depredación.
No hay conciencia de que el apocalipsis será adelantado por la ambición humana que destruye la atmósfera y los ríos. Aunque en la emergencia se entreguen míseros centavos para la atención de los desastres, si no detienen pronto su acción destructora, llegados los días de la sobrevivencia final de nada servirán los bienes acumulados y los millones guardados.
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