Hace pocos días salió un informe de Barómetro Global de Corrupción 2013, donde Colombia queda mal parada en un tema tan sensible como la corrupción. A muchos nos dio vergüenza. No hay derecho que se nos considere como los más corruptos del continente suramericano. Y pensar que semejante noticia salió publicada y analizada superficialmente, casi que a escondidas. Aquí los poderosos de la información, la clase política y los “cacaos”, no están interesados en que la opinión pública sepa o conozca el tamaño desproporcionado de ese inmenso desangre de nuestra economía; no les conviene. El crecimiento de ese flagelo es preocupante, sobre todo en los últimos dos años, donde todo el que tiene poder o intereses electorales, se ha beneficiado y se están beneficiando, descaradamente, de las arcas del Estado. No les importan los medios que se utilicen para enriquecerse. Mientras en países como Perú y Chile (a Brasil se le empezó a complicar el sistema precisamente por la corrupción) se están aprovechando las bonanzas económicas para sacar a su gente de la pobreza, en Colombia no. En nuestra nación el sistema tributario y los privilegios a los poderosos han terminado devorando gran parte de los recursos fiscales, y por eso no hay equidad, y el abismo es más grande entre los ingresos de la “gente educada” y la que no lo es. Esta última es, de pronto, responsable de que les “den en la cabeza” por elegir políticos demagogos y ambiciosos que han utilizado, como un peldaño, al “pobre” como la base de su electorado, para enriquecerse. Aquí no vale tener códigos y zares anticorrupción, si las normas no se cumplen, los controles son precarios y las denuncias no prosperan porque nuestra justicia no opera. Nadie cree en ella. Triste, muy triste.
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