Leí una noticia que se refería al hecho de que en Europa, concretamente en Suiza, se había legalizado la figura de asistente sexual para discapacitados. Y en la misma reseña, comentarios en pro y contra de tan transgresora medida. Decía la nota, refiriéndose a este país que es de los más desarrollados del mundo, que “en ese país europeo, el oficio –que prohíbe la penetración- está legalizado y es financiado como una terapia. Incluso, como es considerado un servicio perteneciente al sistema de salud, se habla de un número de asistencias permitidas al año. También es común ver la práctica, pero no regulada, en Alemania, Holanda, Dinamarca y Bélgica.”
Razonar sobre este tema como de cualquier otro medianamente parecido en un espacio editorial que no puede pasar de doscientas setenta palabras es atrevido e imprudente; pero, ¡Que diantres! es una patente de corso que como columnista debo y tengo que aprovechar.
Lo primero que vino a mi mente fue el libro La Cama Celestial, de Irving Wallace. En él se relatan las peripecias de un sexólogo para crear una clínica especializada de ayudantes sexuales cuya misión es la de curar las disfunciones sexuales que atormentan por igual a hombres y mujeres. Ideas transgresoras como la del libro o la de la noticia que inspiró esta nota –trasgresoras porque van contra las normas y las costumbres- son las que rompen grandes paradigmas, muy especialmente en el contexto de la sexualidad humana. La lista de trasgresores no es larga: Kinsey, Masters y Johnson, entre pocos. A ellos, a los transgresores, el mundo debe su felicidad.
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