En las últimas semanas en nuestro país estamos experimentando un aumento de contagios por COVID – 19, una situación preocupante y amenazante para el golpeado y débil sistema de salud colombiano, pero que también hay que decirlo, es una curva ascendente que a todas luces era previsible.
Era previsible por muchas razones, algunas de ellas técnicas y científicas de que se derivan de los procesos epidemiológicos contemplados en el transcurrir normal de una pandemia como la que actualmente afrontamos.
Otras de estas causas tienen que ver con el hecho mismo del comportamiento social de los colombianos, un comportamiento desordenado, “chabacán”, folclórico, y por no decir menos, completa y absolutamente irresponsable.
Este tipo de comportamientos son el resultado de un histórico desdén por acatar la norma, por el razonamiento cuasi colectivo de relacionar la valentía y la “berraquera” con el desafío a la autoridad y al orden establecido por el Estado, una actitud generalizada en gran parte de los individuos que componen los cerca de 50 millones de colombianos que entienden como filosofía de vida que “el vivo vive del bobo”, referenciando como “bobos” a aquellos que acatan y respetan la norma y las reglas del juego.
Para corroborar esta autocrítica, basta observar en las calles de cualquier ciudad de Colombia el comportamiento del ciudadano común, aquel que siempre culpa a sus gobernantes por la situación que atraviesa el país, aquel que nunca participa activa o pasivamente de las decisiones que se toman en la nación, en su ciudad o en su barrio, aquel ciudadano que no respeta ni siquiera las normas de tránsito, que elude sus obligaciones fiscales e impositivas evadiendo sus responsabilidades, o aquel que va por la calle sin el debido y correcto uso del tapabocas.
El colombiano en sí es alegre, dicharachero, familiar y amable, pero también es folclórico en el sentido de no tomar las cosas realmente en serio, primando en muchas ocasiones su interés individual sobre el colectivo, porque de manera generalizada en nuestro país no hay ese sentimiento de colectividad y de concepción de nación, una situación, como lo expuso el norteamericano David Bushnell en su libro “Colombia una nación a pesar de sí misma”, que se remonta a procesos históricos de construcción de país y sociedad.
Un ejemplo de esta “inconciencia social” se vivió el pasado domingo 13 de diciembre en diversas zonas del país, cuando al término de un partido de fútbol, se dan caravanas y celebraciones grupales casi multitudinarias en un momento donde se exige el mayor compromiso de todos y cada uno de los seres humanos que vivimos en el planeta.
No hay derecho a que se presenten este tipo de situaciones ¿será entonces tan arcaico nuestro pensamiento que incluso por el sólo paso a una final de un torneo local de un equipo de fútbol se genere semejante exposición?
Toda estas y otras situaciones nos han hecho sentir que el escenario de aceleración de contagio era completamente previsible.
Algunos dirán: en Europa también se ha presentado un proceso de rebrote y en Estados Unidos se encuentra desbordada la situación, y efectivamente así es, pero en relación con el primero nuestro país se encuentra en una situación más compleja, ya que de acuerdo a cifras de la Universidad John Hopkins, Colombia supera a la mayoría de los países del viejo continente en el número de contagios, situándose en el mundo como uno de los 10 países con mayor número de contagios por millón de habitantes; respecto al segundo, para nadie es un secreto que el manejo que se le ha dado a la situación en este país ha sido cuando menos deplorable y no se convierte en punto de referencia positivo para nadie.
Al tener una situación tan preocupante como la actual, en la que al momento de escribir esta columna hay ciudades como Cali con una ocupación del 90% de las UCI, nos exige un compromiso total a todos como ciudadanos reales y comprometidos con la simple supervivencia.
Si no queremos más cuarentenas totales obligatorias, la decisión está en cada uno de nosotros, nunca antes había estado de manera tan palpable en nuestras manos. Esta es una invitación para que acatemos los llamados de las autoridades sin importar la filiación política, es un momento para que comencemos a acatar la normativa y que de una vez por todas vamos todos al orden.
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