Terrorismo: usos políticos

Carlos Cuervo

La palabra terrorismo está acuñada como término lingüístico desde finales del siglo XIX en la Rusia zarista. Desde ese tiempo hasta la actualidad se ha usado como instrumento para ilegalizar protestas, luchas políticas y sociales o para estigmatizar a individuos de ideologías contrarias a los detentadores del poder.

Aun hasta el extremismo islámico, satanizado como terrorismo entre nosotros en occidente, es un ejercicio válido de protesta para otras culturas.

Partiendo de estas premisas se hace primordial entender la última transformación sufrida en la práctica extremista tras los atentados en Orlando, Niza y Würzburgo. En ellos hemos encontrado un nuevo patrón terrorista, como es el utilizar a individuos caracterizados por exhibir fuertes problemas mentales, abarcados desde el abuso de psicoactivos hasta los conflictos sexuales y las psicopatías severas.

Luce desconcertante que los reclutadores del activismo islámico puedan radicalizar a individuos con patrones psicológicos inestables, debido a la dificultad para identificar con prontitud a los futuros autores de hechos execrables.

También resulta preocupante que los investigadores policíacos intenten convencer a la opinión pública de cómo puede ser posible en pocas semanas transformar un ciudadano en un siniestro terrorista, desechando sus perturbaciones y fantasías de protagonismo aun a costa de su propia vida.

Salvo, que estas nuevas incursiones solo sean una cabeza de turco para presionar al público a aceptar nuevas restricciones de libertades y derechos individuales, como lo exigen en este momento todos los partidos de derecha.

Conociendo que actualmente asistimos a una época de consumo irracional y manipulación mediática no resulta descabellado pensar de nuevo en el uso estratégico del terrorismo como herramienta de control político.

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