Se denomina deflación a la tendencia mantenida del nivel de precios a la baja, lo que reduce el ritmo de la economía y puede llevar a la disminución de los ingresos de la población y la demanda de bienes y servicios.
La reflexión es que si los precios bajan porque existen pocos compradores y al mismo tiempo si se disminuye su consumo, se desestimula la producción afectando el empleo. Es una cadena de valores que se estanca por la falta del estímulo de compra. Entonces, si este proceso deflacionario se presenta por un período superior a un año, reduce la actividad comercial e industrial y, en general, puede llegar a afectar la vida de los negocios hasta generar lo que se denomina recesión.
Definitivamente, los precios son un reflejo de la actividad económica porque cuando generalmente éstos suben es una demostración de una economía fuerte, pero cuando bajan, se percibe una economía débil. Es decir, que una deflación implica menores compras y, por lo tanto, menor producción, lo que evita un crecimiento económico sostenible.
De acuerdo con el DANE, en el mes de noviembre hubo deflación del 0,15 % y la inflación acumulada del presente año será del 1,49%; en donde el sector de menor crecimiento fue el del turismo, porque los colombianos demandamos en general una menor cantidad de servicios y productos, lo que ha obligado al Banco de la República a disminuir las tasas de interés, lo que se refleja al mismo tiempo en cascada en todas las operaciones bancarias.
Ahora bien, el mismo emisor ha indicado que para 2021 la inflación sería del 2.6 %. Sin embargo, creo que independientemente de las cifras, aquí lo importante es mantener una inflación moderada, estable y mejor aún controlada; estimulando la inversión, puesto que es a partir de la actividad productiva como se genera el empleo y se distribuyen los ingresos.
Puedo concluir diciendo que la inflación hoy influye en casi todos los factores tarifarios, porque el incremento del salario mínimo está íntimamente vinculado a la productividad y a la inflación y, al mismo tiempo, este incide en las multas, trámites ante notarías, pensiones en colegios, peajes y arrendamientos entre otros, los que se ajustan en función del salario mínimo. Por eso, pienso que ese tipo de tarifas no deberían “amarrarse” a la suerte del incremento del salario mínimo; de tal manera, que éste podría subirse pensando siempre en mejores condiciones sociales y económicas para los trabajadores colombianos sin que altere otras tarifas que bien podrían depender solo del índice de inflación.
En síntesis, la inflación es el reflejo de la demanda y la realidad es que en Colombia no hay deflación que produce una escasez de bienes y servicios, desalienta el ahorro y genera incertidumbre sobre el valor del dinero. El camino para el país es ahora el de estimular la economía desde lo público, promoviendo el sector privado e impulsando la inversión, estimulando la demanda interna con mejores ingresos para generar confianza entre los compradores con precios justos de bienes y servicios que dignifiquen nuestra vida.
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