Impactante fue la reacción de los colombianos frente al asesinato, mientras dormían, de 11 soldados cometido por las Farc la semana pasada adjudicado a una retaliación por los operativos antinarcóticos que adelantaban en la zona.
De manera espontánea miles de personas salieron a las calles para acompañar las honras fúnebres de los uniformados.
Las redes sociales estuvieron repletas de manifestaciones de apoyo a las fuerzas armadas, recriminaciones al gobierno nacional y repudios a las Farc. El mensaje me parece claro. Los colombianos no están anestesiados ni convencidos con los avances del proceso de paz.
Tampoco parecen ofrecerle un respaldo incondicional al gobierno como a veces parece creerlo y hacerlo ver el presidente Santos.
Comparar estas reacciones con la lánguida asistencia a la marcha por la paz hace dos meses nos permite medirle el aceite a los corazones de los ciudadanos. Hechos como los de la semana pasada confirman la naturaleza sanguinaria y traicionera de las Farc.
Igualmente, hacen sentir inviable una reconciliación. Muy difícil va a ser que la sociedad acoja individuos capaces de asesinar a otro ser humano mientras duerme. Los hechos de la semana pasada recordaron muchos episodios trágicos e inhumanos ejecutados por las Farc: el collar bomba, la masacre de Bojayá, el secuestro y asesinato de los diputados del Valle y el carro bomba en el Club El Nogal.
No es fácil tener esperanzas sobre una paz verdadera tras cualquier negociación en La Habana porque parece imposible que cambie la naturaleza de seres de tan bajos instintos y truculentas intenciones. No importa lo que digan los miembros del secretariado o del equipo negociador del gobierno, los miembros de la guerrilla son asesinos, secuestradores, extorsionistas y narcotraficantes cuyo único espacio en la sociedad colombiana está en las cárceles purgando sus delitos.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

