El problema con el plebiscito es que nos ha puesto a pensar el acuerdo con las Farc en términos absolutos. En el Diario Occidente hemos hecho el ejercicio de escuchar las razones para el Sí y el No. Los argumentos de quienes defienden el No son fuertes. No cabe la menor duda de que las concesiones en materia de justicia son muchas, las penas son cortas y los compromisos de verdad y reparación podrían no ser cumplidos.
La amnistía y la elegibilidad de quienes cometieron delitos de lesa humanidad son precios altos por la dejación de las armas. Otro argumento poderoso es la cantidad de escenarios, más allá de las curules en el Congreso, en los que las Farc tendrán voz para determinar políticas públicas.
Los compromisos de la guerrillera sobre el narcotráfico y sus recursos son débiles. Sin embargo, también son válidos los de quienes promueven el Sí. Ponerle fin al conflicto con las Farc es un paso hacia la construcción de la paz.
La reforma rural es una deuda con los campesinos. También son necesarias las reformas que se plantean al sistema electoral, que ha enquistado en el poder a los mismos con las mismas fomentado la corrupción y el desgreño de los recursos públicos.
Según las últimas encuestas ha bajado el Sí y subido el No. Todo parece indicar que el análisis del acuerdo ha permitido que la decisión no se quede solo en lo emocional. Los colombianos tienen dudas, están debatiendo y eso es bueno. El próximo domingo el voto debe ser consciente, tras un análisis minucioso no solo de los beneficios del acuerdo sino también de los costos y sobre todo de la transformación institucional que traerá su implementación.
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