Hace tiempo, mucho tiempo, mi hermana y yo siendo niños, después del acostumbrado almuerzo familiar sabatino en casa de la abuela, nos íbamos a caminar a la Avenida Sexta para comer un rico helado. Y antes de que el calor derritiese la gruesa cubierta de chocolate salpicada de manís, terminábamos en una de las dos tradicionales salas de cine para contemplar las películas que estaban en cartelera.
Años después, en la tardes, mi paseo favorito era “bajar sexta” en compañía de algunos amigos. Nuestro objetivo: tertuliar, disfrutar la exquisita brisa que aún nos regala Cali al caer el sol y admirar la pasarela que se crea al ritmo del coqueto caminar de las bellas mujeres que desde siempre le han dado fama a nuestra ciudad.
Ha pasado mucho tiempo de aquellas experiencias, y tristemente debo reconocer que de esa mágica y emblemática Avenida Sexta no queda nada. Otros son los lugares de la ciudad, que a manera de protegidos oasis, han conquistado el concurrente deseo que los caleños llevamos dentro; pero jamás con el encanto y la magia que tuvo la anterior Avenida Sexta… razones muchas hay.
Hoy celebro la iniciativa privada de un grupo de emprendedores de rescatar y renovar la nostálgica Avenida. Sin embargo, pretender que resurja de sus cenizas como el ave Fénix conservando el mismo plumaje sería ingenuo. Se requiere de unas frescas y seductoras plumas porque es una nueva generación de caleños la que anhela espacios de sintonía ciudadana, una generación que ignora por completo lo que fue la Avenida Sexta. Se parte de cero. Un reto grande, pero no imposible si lo asumimos todos.
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