Para muchos vienen tres días de descanso en los que se buscarán playas o montañas según los gustos; para la mayoría del pueblo cristiano estos serán los días de la semana santa: cumplir con los preceptos, visitar las iglesias; para unos pocos estos serán días de reflexión y de intentar profundizar en los significados del dolor, la traición, el amor, la muerte, la pasión, la tortura, la soledad, la vida.
A este último grupo yo me uno e invito a quien me lea a que se una también.
Todos los maestros y maestras espirituales de tradición cristiana afirman que conmemorar los acontecimientos de Jesús o de Cristo como hechos de un pasado remoto, no tiene sentido ninguno.
Afirman al contrario que es necesario hacerlos carne hoy. Actualizarlos en nuestro corazón, en nuestras vivencias, en nuestras realidades.
Ese es el gran sentido tanto del Adviento y la Navidad, como de la Cuaresma y la Semana Santa. Las “representaciones” litúrgicas, las procesiones, los rituales… adquieren así un sentido pleno.
En la Colombia y en el mundo de este año 2026, la tortura, el asesinato, la muerte y la resurrección de Cristo, se actualizan de manera especial.
Habitamos un mundo enfermo de dolor, lleno de muerte. Basta mirar con una mirada atenta y compasiva para hacernos conscientes de ello.
Nos rodean las guerras, el odio, las violencias de todo tipo de armas: Desde Trump o Netanyahu, pasando por alguno de los Hamás, hasta Calarcá o Iván Mordisco o la Tercera Marquetalia… las muertes de la guerra tienen muchos rostros que se proyectan en el crucificado.
Nos rodea el odio a los y las migrantes, el rechazo a quienes buscan un pedazo de tierra o nuevas oportunidades de vida.
Nos rodea el irrespeto a las mujeres, su infravaloración, el desprecio a su género.
Nos rodea la indiferencia ante los niños que cargan en su espalda la ausencia de futuro.
Todos estos rostros se hacen carne en las imágenes del viernes santo, en lo profundo de su celebración y tendrían que explicitarse en todas las homilías y sermones.
El mandato del amor, explicitado por Jesús en su cena de despedida y conmemorado el jueves santo: Les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los otros como yo los he amado… es urgente en nuestro mundo actual en que reinan rechazos, agresiones e indiferencias.
Un mandato exigente que nos saca de nuestras “cápsulas virtuales” y nos llama a acoger a cercanos y extraños en dinámicas nuevas.
Pero igualmente un mandato que nos impulsa mirar tantos gestos cotidianos y permanentes de amor escondidos en nuestras sociedades.
El sábado, un día desolado en las iglesias. Es importante acompañar a las mujeres y a las madres en la gran soledad de sus múltiples pérdidas.
Tantos hijos arrebatados por las dinámicas del mal en muchas formas. La imagen de María de Nazaret, la madre que recoge de la cruz a su hijo ajusticiado por los poderes que lo encadenaron… es la imagen de este día del triduo.
Y finalmente la fiesta del sábado en la noche, alborada del domingo. La fiesta de la VIDA. Tantas manos y tantos corazones que sostienen la vida son llamados por el agua y el fuego que en esa conmemoración hacen presencia.
Llamar y cuidar toda forma de vida alimentada siempre por la Energía Divina, es el sentido de la Resurrección.
El símbolo de la tumba vacía, invita a generar dinámicas alejadas de toda tumba posible, dinámicas que nos lleven hacia la luz, hacia el calor amigo, hacia la plenitud.
Esta es mi invitación para estos días.
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