Triste reconocerlo. La Cali de antaño, esa que solo llegaba hasta la calle 50, por el norte, donde hoy está el barrio Calima, sector en el que estaban ubicadas muchas canchas de fútbol que la liga del Valle utilizaba para realizar sus torneos de futbol aficionado, de donde emergieron grandes figuras y, limitaba con haciendas ganaderas hacia el sur, ha tenido una transformación inmensa, en su idiosincrasia, en su infraestructura, en sus valores.
Nuestros siete ríos se convirtieron en cloacas, en receptores de basuras, muebles viejos, etc., etc. Lugares libres para practicar fútbol ya no hay; hay que alquilar canchas de microfútbol en sitios privados.
Nuestras vías principales convertidas en “mercados persas”. Calles de barrio llenas de basura, en las que los “barrenderos” de las distintas empresas de aseo no dan abasto, máxime cuando a los caleños, con un “corazón grande”, les dio por tener mascotas grandes y pequeñas, las que sacan varias veces al día a “cometer” sus necesidades fisiológicas (ellas no tienen la culpa), optando por dejar sus desechos en los andenes o en chuspitas plásticas que ubican al pie de los postes de energía, en una montonera “mierdera”, que se pudre con el pasar de los días, sin que nadie se atreva a recogerla.
La norma esa de prohibir el parrillero en las motos se la pasan por la faja, muchas veces en las narices de las autoridades. Uno no sabe si son fleteros o sicarios.
La tolerancia se reemplazó con pistola o cuchillo. En fin, la gran pregunta es, entonces: ¿Seguimos siendo la sucursal del cielo?
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