Difícil que un niño nos entienda al explicarle que el galeón San José que naufragó hace tres siglos estaba tripulado por piratas. He ahí un primer tema para la historia obligatoria como asignatura independiente en los colegios. Está demostrado que el lenguaje cambia de acuerdo a las jergas o la costumbre popular de su uso. Por eso vemos que en los últimos tiempos la Real Academia Española dejó el purismo y resolvió incluirle más palabras populares innovadoras a los diccionarios.
Pero las jergas a veces vuelven difícil tal decisión semántica, por ejemplo, en el caso que debamos explicar que la palabra pirata, antes que indicar mala calidad de las cosas, es un sustantivo común antiquísimo que se refiere a los marineros dedicados al asalto de otras embarcaciones.
Hoy, si falla el uso de un producto exclamamos espontáneamente: ¡pirata!… ¡pirata! Hay una especie de suplantación de los significados, por ejemplo, se usa la palabra pirata como sinónimo de mala calidad, sin estimar que los productos sean o no expendidos legalmente a la luz pública del comercio. Tremendo lío para los profesores de lenguaje al clasificar ese término como el tradicional sustantivo común o como el innovador adjetivo calificativo.
A los profesores de historia les dificulta su explicación sobre la conquista del Nuevo Mundo que estuvo en manos de asaltantes de los precolombinos en sus propias tierras, que después eran asaltados en alta mar por otros de su misma calaña. Este problema demuestra que fallan quienes quieren resucitar la historia como asignatura independiente. La historia debe explicarse globalizada e ir de la mano con la literatura.
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