Existe en nuestro país una ley que regula el régimen de insolvencia, la 1116 de 2006 que busca proteger el crédito, recuperar y conservar a las empresas como unidades de explotación económica y fuentes generadoras de empleo siempre bajo el criterio de la generación de valor.
La acción de generar valor debe ser entendida como sinónimo de generación de utilidad, y si bien es cierto existen “otros” valores, una unidad económica que no genera utilidad no puede ni debe llamarse empresa.
Existen causas que hacen necesario el uso de la ley para preservar una empresa: un desastre natural o una crisis geopolítica, por ejemplo.
Pero existen otras causas que producen también una situación de insolvencia y como tal las empresas que las padecen también se benefician con la ley.
Es así como vemos empresas inviables, mal manejadas y con administradores faltos de diligencia continuar operando con una “patente de corso”, destruyendo valor en un proceso casi criminal; y sin contar las perversas distorsiones económicas que crean en sus respectivos sectores.
Lo triste de la historia no termina ahí. Existen unos personajes que al amparo de la ley son “nombrados” como salvadores para que siempre con el criterio de generación de valor conduzcan los procesos de insolvencia. Sin embargo, su accionar en medio de una destrucción continua de valor termina pareciéndose al parasitismo. Los parásitos son seres que viven de un anfitrión beneficiándose de él y produciéndole daño explotándolo el máximo tiempo posible.
Pensar que los “salvadores” propenderán por la liquidación de una empresa para minimizar o detener la destrucción de valor es ingenuo. Los salvadores extenderán el tiempo de vida de su anfitrión hasta que su valor llegue a cero, al fin y al cabo ellos siempre se beneficiarán.
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