La semana pasada dos setentones fueron protagonistas de debates públicos, que desde diferentes escenarios tuvieron eco, pero que no pasan de allí.
Ambos académicos e inteligentes. Con cabello cano y buena labia.
Uno, Senador de la República, repitente de varios períodos. Profesor de arquitectura. Estudioso, crítico sempiterno de todo lo que le huela a lo institucional.
Siempre mamerto, algo resentido y en esta ocasión (la del debate), grosero. Llegó al delirio de citar al también inteligente y habilidoso ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, quien lleva apenas un mes y medio en el cargo, pero le ha tocado soportar ese “sirirí” de Robledo, que debe ser fatigante…
Sin embargo, aún con toda la artillería y lenguaje fluido y buena dialéctica del senador Robledo, le votaron en contra y no le prosperará la moción de censura propuesta.
El otro. Un médico javeriano, cachaco, elegante, de buenas maneras, científico insuperable que ha estudiado el cerebro como el que más y nos arroja en esta ocasión una conclusión sobre la autofagia, como una manera para preservar la edad y por tanto la expectativa de vida.
Se trata de Rodolfo Llinás, ese ser excepcional al que Colombia le debe mucho, pero que lo escucha solo en el momento en que habla y al salir del recinto, se olvida de sus propuestas.
Se quejaba de que hace veinticinco años integró junto a Gabo la “comisión de sabios” y que a la fecha nada de lo propuesto ha dado los frutos esperados, por falta de inversión en educación, ciencia y tecnología por los gobiernos que han estado en esos períodos.
Robledo y Llinás tienen verbo, saben de su quehacer, sin embargo la retórica en un país de retóricos queda en eso.
Falta hacer una agenda concreta sobre lo que plantea Llinás, no lo que dice Robledo, y propender porque se cumpla.
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