Colombia es un país que ha tenido una historia convulsionada, marcada por la violencia, la desigualdad social y la exclusión económica y política en sus más de 200 años de vida republicana y los últimos 20 no han sido la excepción.
Después del fracaso de los diálogos llevados a cabo en la infame “zona de distensión”, con el posterior desenlace que trajo consigo este proceso de fortalecimiento militar por parte del Estado colombiano y también de las FARC, sucedió lo que se esperaba: el recrudecimiento de la guerra en todo el territorio nacional.
En un contexto de incertidumbre, con un pesimismo por parte de la población y con la necesidad imperiosa de poner en orden la situación respecto a la ventaja militar de las Fuerzas Militares frente a los diferentes grupos armados ilegales que hacían presencia nacional, se presenta una figura que prometía dar fin al conflicto armado a través de la vía militar: Álvaro Uribe Vélez.
Desde mi punto de vista y haciendo un análisis retrospectivo, era en su momento previsible y de cierta manera “necesario” la llegada al poder de una persona con el estilo de liderazgo del expresidente Uribe, quien hay que reconocerlo, le imprimió una dosis de confianza política a los colombianos que se vio reflejada en la moral de las fuerzas armadas de nuestro país.
Nadie puede negar el importante aporte del expresidente a los procesos de reactivación económica del país, a la repotenciación de la atracción de inversión extranjera a nuestro territorio, al fortalecimiento de las fuerzas militares y de policía, a la unificación de procesos políticos para enfrentar la grave amenaza a la seguridad nacional por parte de los grupos armados ilegales, y claro está, a la “autoestima colectiva” de los colombianos.
No podemos decir en ningún momento que no hubo avances en esta materia durante los primeros años de su gobierno. Sin embargo, así como hay aspectos que se resaltan de su periodo presidencial, también hay grandes lunares que empañaron la gestión del expresidente.
La “Yidis política”, Agro Ingreso Seguro, el aumento de los desplazamientos forzados, la parapolítica, el escándalo de la zona franca de Mosquera Cundinamarca, las chuzadas del DAS, las graves investigaciones por diversos delitos a 18 altos funcionarios de su gobierno (algunos de ellos ya condenados) y la triste historia de 6.402 falsos positivos, una de las peores escenas de asesinatos sistemáticos por parte de quien se supone debe velar por la vida de los ciudadanos: el Estado colombiano.
De igual forma, ha sido tan superlativa la influencia política del expresidente y ahora exsenador que ha influido directamente desde el 2002 en las cinco elecciones presidenciales que llevamos desde ese momento hasta la fecha.
También es cierto que el expresidente tuvo un papel fundamental en el proceso electoral del “Plebiscito por la paz”, siendo el mayor contradictor del mismo, valiéndose en muchos casos, de mensajes erróneos alejados de la realidad que claramente confundían el real y verdadero mensaje consignado en los escritos del acuerdo.
Un claro ejemplo de estos mensajes, es qué en diversas regiones del país, el equipo promotor del “No”, se valió de analogías que expresaban abiertamente que al votar por el “Si” era “abrir el camino” para que Timochenko fuera Presidente de la república. Un absurdo exabrupto político para la realidad política actual de Colombia.
Nadie puede dudar de la importancia política del expresidente y su aporte al país en su momento, pero tampoco nadie puede borrar esos lunares que acompañaran su historia de gestión política.
De igual forma no se puede obviar el papel principal que ha jugado el exsenador en el proceso que ha conducido al desagradable y peligroso ambiente de polarización política, siendo su persona, la máxima referencia de uno de los dos extremos que la componen.
En este sentido y por el amor a la patria que siempre ha profesado públicamente el expresidente, por congruencia con su propio discurso, para evitar que su imagen siga inmersa en un proceso de desgaste continuo por los constantes ataques de sus contradictores y por sus cada día más frecuentes salidas en falso, como colombiano y en aras que pase a la historia como una figura de altura, pienso que el exsenador debería estar considerando de “hacer uso”, como dicen los militares, de su derecho al “buen retiro”.
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