Freud concluyó que si el ser humano no se permitía hacer lo que anhelaba, si reprimía sus deseos, llegaría a padecer neurosis histérica.
Y si bien el médico austriaco abordó tal deducción en contextos propios de la sexualidad humana y de su natural represora, la moral, su tesis sobre la represión y su consecuente efecto sicológico se aplica a las víctimas económicas quienes, por causa de su desorden financiero y malos hábitos de consumo, terminan padeciendo infiernos monetarios y reprimiendo hasta las más básicas necesidades.
Este tipo de represión que surge no del eros sino del denarius, se traduce en infelicidad extrema. Por eso vemos a muchos esclavos modernos portando largas y pesadas cadenas como consecuencia de deudas, con sus tiempos de vida comprometidos y alimentando con su plusvalía día tras día al sistema. Para algunos esta situación es la esclavitud moderna, otros analistas lo ven como un gran juego donde estos infelices sujetos se asemejan a los roedores que corren en gigantes ruedas giratorias. La diferencia es que los humanos lo hacen a disgusto para poder vivir y pagar el fruto de sus inconscientes consumos mientras que los ratones lo hacen por placer.
Que este orden establecido sea malo o bueno es un debate que trasciende lo sicológico y lo económico. Lo único cierto es que en la medida en que el ser humano desarrolle su inteligencia financiera, comprenda que la mayor riqueza consiste en el tiempo y que el precio de las cosas equivale al tiempo de vida que ha tenido que invertir para ganar el dinero con el que las compró, podrá él, sin necesidad de una gran revolución, poner fin a la madre de las represiones.
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