Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Recordada maestra:

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Precisamente hoy, cuando observo los pupitres vacíos porque los maestros entraron en paro para exigir  sus justos derechos a la salud, salariales y prestacionales, quiero liberarme de mi ingratitud  hacia  usted, quien me enseñó a leer y escribir. Perdóneme porque hace  tiempo debí hacer  esta carta, ya que usted  me sembró el valor de  la gratitud.   Mi gesto  va a nombre  de otros ciudadanos   quienes también la recuerdan como esa “mamá grande”  que nos hacía coger bien los lápices para escribir nuestros nombres. La recuerdo cómo en otrora nos recibía  con los brazos abiertos y dispuesta a continuar con la obra de mi madre. 

Ese día  perdí el miedo a quedarme en esa casona de salones grandes y patios amplios, confundido entre bandadas de niños que para mí eran desconocidos. Admiré tu capacidad de asumir la difícil tarea de reemplazar a cincuenta  madres, tanto que  llegué a considerarte como si fueras otro miembro de mi familia. Te debemos  nuestros primeros reconocimientos públicos al otorgarnos medallas de excelencia en los homenajes a la bandera. Aprendí el amor, la disciplina, la responsabilidad, el respeto, la admiración por las cosas bellas de la naturaleza y a explorar la ciencia.  Fuera del fuetazo de mi madre, sólo a usted  le acepté que me castigara  con la férula.

Estoy seguro que si renaciéramos  como   maestra y alumno, ahora  protagonizaríamos la  educación libertaria. Recordada maestra, en estos tiempos del cólera, comparto  estas apologías de  Ernesto Sábato: “A medida que pasan los años, ahora que la vida nos ha golpeado como es su norma y que advertimos nuestras debilidades, más se levanta el recuerdo de nuestros maestros”.  

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