Advierto que sí votaré, a pesar de mis reflexiones en esta columna. Voto porque el abstencionismo contribuye con la anarquía, los malos gobiernos y, lo peor, propicia el enriquecimiento de quienes usufructúan el poder. Admito que al votar hemos perdido la emoción.
En otrora podíamos hacer una analogía entre la fe por la iglesia a la que encomendábamos nuestra alma y la militancia en el partido a que le confiábamos los asuntos de gobierno y nuestro destino ciudadano en la tierra.
Un balance entre los siglos XVIII y XXI, nos señala una honda diferencia de los impactos políticos de las revoluciones burguesas y la actual globalización del mundo.
El surgimiento de los partidos políticos dio al traste con un milenio de monarquía medioeval.
Esos partidos fueron grandes colectividades con filosofías, estatutos, banderas y programas de gobierno.
Los tribunos de los partidos surgían tras brillar en las convenciones.
En ese tránsito hacia el progreso de la modernidad, se forjaron dos corrientes partidistas: los defensores de la tradición, la propiedad, el orden y el centralismo.
Y los proponentes de la libertad, la igualdad, los derechos y el federalismo.
Pero en nuestro país la civilidad partidista degeneró en violencia política y tras un acuerdo se formó el Frente Nacional.
El costo de la nueva fórmula estuvo en que los partidos políticos fueron perdiendo sus identidades.
Ese fenómeno empezó a ser aprovechado por quienes toman la política como empresas personales.
De ahí que hoy se vota por personas que arman grupos de la noche a la mañana para llegar al poder. Que vuelvan a forjarse los partidos políticos.
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