Le regalé todos los materiales que me quedaban de mi penúltimo año escolar a un grupo de niños limpiando vidrios en un semáforo.
En lugar de pedir dinero, pedían maletas. En lugar de juguetes, pedían zapatos. Pedían oportunidades.
Para poder alcanzarlos–ya que estaban alejándose del lugar donde los había encontrado por primera vez–, dos policías parqueados a mi lado, notando que trataba de averiguar cómo llegar hasta ellos, ofrecieron llevarme.
Pararon el tráfico y me esperaron mientras corría detrás de ellos hasta al fin alcanzarlos.
Agradecí a los policías y ellos me agradecían de vuelta con el mismo afecto que los niños, y pensé en lo buenas que son las personas.
A veces nos llenamos tanto de odio y nos dividimos tanto que olvidamos que en el fondo todos tenemos ese impulso humano de ayudar al otro.
Estamos destinados a vivir en comunidad. Las personas necesitamos a otras personas.
No hacemos lo suficiente por los demás. Nos concentramos tanto en nuestras vidas que ignoramos las de los otros.
¿No es increíble pensar que cada persona con la que interactúas tiene sus propios pensamientos, sueños, habilidades, y metas?
Saludar a todos y reconocerlos como personas, ofrecer un simple vaso de agua, agradecer siempre que haya un esfuerzo… Son tan solo unas de las cosas necesarias para vivir con otros.
¿Y acaso no es eso lo que hace que la vida merezca ser vivida, lo que hace que abras este periódico y quieras saber cómo está tu patria querida?
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