Miguel Yusty

¿Qué hacer con el MIO?

Miguel Yusty

No me vengan con cuentos, a estas horas de la vida y después de más de una década de puesta en marcha del MIO, que este sistema sigue siendo la esperanza para reurbanizar la ciudad. No me vengan con argumentaciones llenas de pequeñeces, tratando de convencernos a los caleños que el problema del MIO es de reingeniería administrativa.

La crisis de este sistema es la crisis estructural de la sociedad caleña, que como todas sus similares del mundo le apuestan a proyectos estratégicos de movilidad para reeditar la razón histórica de estos sistemas, como es el acortamiento del tiempo de desplazamiento hacia los lugares de trabajo, y que en el caso concreto del MIO ha duplicado y triplicado el tiempo que duraba el utilizar un bus común y corriente para llegar a la oficina, al trabajo o a la universidad.

Es tal el caos y tal el dolor de cabeza para los caleños que las presiones que le llegan a la presidencia de Metrocali tienen al doctor Garrido dando bandazos y girando aceleradamente en un hueco negro, del cual difícilmente encontrará salida, pues tanto él cómo los empresarios, los propietarios de los buses tradicionales, el gobierno nacional y los gremios económicos no quieren aceptar que la inversión en una supuesta reingeniería es un salto al vacío, pues los problemas estructurales del sistema no tienen posibilidad de trazar una ruta que solucione el problema de movilidad.

Hay que volverlo a aceptar, así nos volvamos cansones, que Cali perdió la oportunidad cuando en la administración de Ricardo Cobo se decidió tener un presupuesto de más de quinientos millones de dólares y un diseño de rutas y casi listos los modelos de los trenes para ponerlos a funcionar.

Una ciudad como la nuestra que marcha aceleradamente a tener tres millones de habitantes es impensable sin metro, pues tarde que temprano viviremos la crisis y la tragedia que padece Bogotá.

Como las cosas se deben solucionar, ya Bogotá nos embarcó a los colombianos en la financiación de su metro y ya Barranquilla está colocando en el debate de la opinión pública una decisión similar, pues el exitoso metro de Medellín llena de envidia al resto del país y sobre todo a Cali y a Bogotá que no fueron capaces de negarse a las ambiciones de quienes obligaron a sus alcaldes a darle curso a este sistema, que no ha hecho otra cosa sino tugurizar los centros urbanos y generar miles de problemas que como en Cali avasallan la agenda diaria del alcalde, llevándolo a protagonizar, como aconteció con los taxistas y en su despacho, una gresca que no tiene antecedentes en la ciudad donde Armitage fue insultado por los taxistas y el, cómo cualquier peleador callejero, los expulsó del despacho, por ese momento y para siempre, sentando un gravísimo precedente de intolerancia y despotismo.

En fin, ya es hora de suspender tanto delirio y decirnos claramente para dónde vamos y ojalá no sea invirtiendo más dinero e insistiendo en las luchas y escaramuzas con el llamado transporte ilegal.

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