Pupitrazo contra el matrimonio gay

El debate sobre el matrimonio gay me recuerda una situación parecida a la de  hace tres décadas cuando se discutía la igualdad hereditaria de los hijos y se temía que en el futuro los bastardos vulnerarían los derechos de  los legítimos.

También a cuando aprobaron la transmisión pensional en las uniones libres y se temió por la supremacía del concubinato y la extinción del matrimonio.

Si yo fuera congresista habría dado pupitrazo limpio contra la propuesta de legalización del matrimonio gay, por las siguientes “buenas razones”: Porque mostraría mi incapacidad para reconocer que mi agresividad homofóbica me lleva a clasificar en normales y enfermos a los seres humanos.

Porque pretendería imponer una perpetua posición anacrónica al desconocer las históricas nuevas realidades humanas, genéticas, sociales y culturales.

Porque quedaría en paz con mis electores y ante la opinión pública, algo que me garantizaría repetir curul en otro  periodo, como también, no cargar con la culpa de contrariar la perfección de la obra creativa divina. Porque mi fundamentalismo se impondría sobre los principios constitucionales de la igualdad de los seres humanos y el libre desarrollo de la personalidad de los individuos.

Porque sólo aceptaría unas leyes que me dieran tranquilidad al sentir protegida mi débil integridad heterosexual. Porque sigue latente mi tormento interior que en el inconsciente alimenta mi odio por las diferencias sexuales.

Porque como ejemplo de \”buen ciudadano\” y de la \”dignidad legislativa\”, con mi voto en contra del matrimonio gay salvaría a mi país del contagio de esa enfermedad que provocaría una hecatombe social al desestabilizar las instituciones, el  orden, la tradición, la familia y la propiedad.

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