Con Medellín disputamos el segundo puesto, pero entre las capitales importantes de Colombia, Cali es la ciudad más embotellada.
Nadie desconoce nuestra transformación que publicitamos en postales sobre los altos edificios, sus monumentales puentes, sus autopistas, las efigies en honor a los personajes de la cultura caleña y las megaplazoletas.
Pero hay que garantizar un fácil acceso vehicular al comercio central y a las oficinas de la administración pública.
Contradictoriamente, el hundimiento de la avenida Colombia, encima la construcción del bulevar y el trazo de vías exclusivas para el transporte masivo, congestionaron la movilidad vehicular, embotellando la ciudad.
Es casi una odisea ingresar en vehículo al centro, pues primero hay que recorrer en círculo todo el perímetro hasta lograr la entrada, sea por la carrera cuarta, la quinta o la novena. Para que vuelva a ser la otrora apacible ciudad que nuestros mayores llamaron la Sultana del Valle porque equilibraba la movilidad vehicular y la peatonal, se requiere de reingeniería urbanística. Se enturbia la transformación urbana porque en los últimos años se viene improvisando sólo pensando en darle cabida al nuevo sistema de transporte masivo.
Con el bulevar ofrecieron un kilómetro para la movilidad peatonal, objetivo que no se cumple, excepto en algunos viernes con presentaciones artísticas en la noche, los demás días permanece solitario. Ahora, con la ampliación de la ribera del río Cali, reducirían un carril y en vehículo demoraremos media hora en recorrer de la calle 25 a la Torre de Cali. Antes de disputarle puesto a Medellín, pensemos que todos tenemos derecho a la ciudad.
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