Por Dios, ¿qué nos pasa?

No deja de ser reiterativo decir que Colombia es un país bello, con más gente buena que mala, pero nos acostumbramos a tragar entero.

Por ejemplo, ese cuento de alargarle el período a los actuales gobernadores y alcaldes es una propuesta electoral oportunista, sin consultarle al constituyente primario, ‘mamado’ de tener gobernantes mediocres y corruptos.

Por qué no proponer mejor aumentar a cinco o seis años el período de los mismos pero a partir de la próxima elección.

Colombia, país demócrata por excelencia, con algunas pequeñas falencias, fue uno de los países que no permitió que la diputada venezolana María Corina Machado hablara en la OEA en sesión pública.

Sólo votaron a favor pero en minoría: Estados Unidos, Canadá y Panamá.

Mal antecedente porque nos deja pensando si nuestro país también se ha beneficiado de los petrodólares de Chávez y Maduro, acostumbrados a financiar campañas políticas de países latinoamericanos, para comprar su ‘benevolencia’ con ese mal gobierno.

Inexplicable que el Gobierno Nacional indemnizara con muchos dólares a la familia de Franklin Aisalla, un ecuatoriano que murió en el operativo contra ‘Raúl Reyes’ mientras nuestros campesinos han sufrido las terribles consecuencias de la fumigación contra narcocultivos, sin que hayan recibido la más mínima ayuda.

Y ni qué decir de la corrupción que nos carcome, avalada quizá desde el alto gobierno (es la percepción), en la que ha caído el poder judicial.

Eso es un caldo de cultivo para que dentro de poco aparezca un iluminado que también se sienta heredero de Bolívar y nos prometa la redención de los pobres y la destrucción del viejo poder.

Para allá vamos que nos las pelamos, dice el refrán popular.

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