Política y desconfianza

Carlos Cuervo

Comentan los mayores cómo para construir confianza se tarda toda una vida, pero para acabarla solo un segundo basta.

Y esta máxima aplica con rigurosidad al ejercicio de la política. No hay oficio más vituperado que esta actividad.

El ciudadano encuentra deslucido el proselitismo y la participación en la toma de decisiones colectivas.

Ello por la escaza efectividad en la comunicación del ejercicio de crear ordenanzas y leyes, además del sesgo impuesto por los medios de comunicación  quienes registran con esmero las fallas y el nepotismo, todo porque es más lucrativo denunciar y generar morbo en los espectadores que mencionar el esmero de quienes asumen a cabalidad las funciones encomendadas.

Ahora la escaza lealtad existente entre los integrantes de los partidos hace más expedita la desconfianza para los miembros de las comunidades, permitiendo que la aprensión hacia la política se derive en un escepticismo el cual impulsa la abstención electoral. Pareciese en la actualidad como la palabra político fuera el sinónimo de mediocridad y corrupción.

Ahora la pregunta es resolver si el ejercicio público es siempre la demostración de los conceptos mencionados o el trabajo político y demás esfuerzos requieren de preparación académica y empeño para cumplir con la labor encomendada. La respuesta por supuesto es sí. Simplemente analicen las comodidades mínimas requeridas para leer esta columna.

Energía, internet o papel periódico. Todas ellas partes fundamentales de la vida diaria. Sin los detestables políticos gran parte del confort no existiría y solo con recordar un concepto básico de política se comprende.

La política es la actividad de quienes guían o aspiran a conducir los asuntos comunes. Y, sin duda, sin quien administre los bienes y servicios públicos no podríamos vivir organizadamente en sociedad.

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