No me voy a referir a la violencia que flagela a nuestra ciudad, aunque nunca sobrarán líneas al respecto si contribuyen a una posible solución. En esta oportunidad me voy a referir a otra de las pesadillas urbanas: la movilidad.
Acostumbro las tardes recoger en el colegio a mis chiquitas. Y con ese propósito salí de mi casa el viernes pasado hacia el oeste, donde se encuentra el Liceo Benalcázar, en el que orgullosamente estudian mis hijas. Viajé oportunamente para cumplir con mi paternal tarea ya que aún repica en mi memoria una merecida retahíla conyugal por “un involuntario olvido”. En fin, en ruta me topé con un embotellamiento de padre y señor mío.
En principio intuí que sería cosa de minutos mientras las autoridades de tránsito normalizaban la situación, pero no. ¡El embotellamiento me hizo perder tres horas! Y para colmo, prisionero en mi coupe, el aislamiento se maximizó cuando se descargó la batería del celular.
Tuve que entretenerme curioseando los rostros de los conductores vecinos quienes echaban chispas mientras un múltiple e insoportable ulular de ambulancias advertía lo grave de los acontecimientos.
Con ciento ochenta minutos para meditar, pude además de encontrar soluciones para los quid bizantinos, intuir el inmenso costo económico -tanto real como de oportunidad- que significa para Cali un embotellamiento como el vivido.
Pasaron los ciento ochenta minutos y pude llegar con mis hijas a casa para finalmente cena-almorzar. Lo triste del asunto es que días después escuché al secretario de Tránsito de la ciudad explicar que tamaño embotellamiento se debió a un simple accidente entre una moto y un camión, pero que los protocolos judiciales generaron la demora. Conclusión: ante la fatalidad supuestamente insalvable, solo queda resignación.
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