Sir Isaac Newton fue un personaje notable: físico, matemático, alquimista, inventor y teólogo. Alguien de quien perfectamente se podría decir –según el raciocinio cundiboyacense- que está “más preparado que un kumis”.
A este inglés le debemos varias trasnochadas estudiando el cálculo infinitesimal con el que le decimos adiós al colegio y muchas amanecidas con el cálculo integral con el que la universidad nos da la bienvenida.
Un hombre prolífico: Caballero elegido por la reina regente, presidente de la Royal Society –sociedad integrada de lo más excelso de la cientificidad de su momento-, director de la Casa de la Moneda y masón furibundo estudioso de la Biblia.
Yo, por mi parte, amo sus tres leyes: la de que toda acción genera una reacción, útil cuando queremos cambiar nuestro destino y tomar conciencia de que nada nos aguarda si nos quedamos quietos; la de la Atracción Gravitacional, que me hizo concluir que las mujeres de gran masa corporal poseen mayor fuerza de atracción que las enclenques; y su Ley de Inercia, que suelen interpretar que donde quiera que haya un quiero, habrá un no puedo.
¿Podría dudar de que este señor estuviera preparado para formar parte de la Cámara de los Lores, la “House of Lords” por su nombre en inglés?
Pues efectivamente se lanzó y salió elegido; y la expectativa fue mayúscula. Sin embargo, nos cuenta su tocayo Isaac Asimov que la única intervención de Newton en el ilustre parlamento fue la ocasión en que pidió la palabra para pedir que abrieran la ventana. Moraleja: sean ustedes pacientes lectores quienes saquen sus propias conclusiones; yo, por mi parte y aún sin encontrar la enseñanza de esta nota, sé por quién votar este domingo.
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