Quienes se oponen con tesón al proceso de paz conforman dos grandes bloques, que van desde el odio por las FARC por convicciones ideológicas o como consecuencia de afectaciones directas sufridas en esta guerra; hacen parte también, aquellos que influidos por discursos pesimistas aun creen que no va haber paz, a pesar de avances incontrastables.
Con este primer grupo de personas se puede conversar y en algunos casos, hasta conseguir su aquiescencia en relación con los esfuerzos por lograr una paz duradera. En cambio el segundo bloque, nunca va a ceder, y no lo harán por temor físico a la democracia, a la verdad, al futuro de un país en paz.
Todos sabemos del daño que la guerra le ha hecho a nuestra economía, a la estructura moral de un país que se acostumbró a la muerte y a la posibilidad de construir un proyecto nacional, a nuestras posibilidades democráticas; sin embargo estos sectores nunca acompañaran este proceso, porque se han enriquecido sorprendentemente en estos años de guerra, haciendo parte incluso algunos, del exclusivo club de los más ricos del mundo; otros han protagonizado la “reforma agraria” al revés, despojando a los campesinos en más de seis millones de hectáreas, el gobierno apenas ha logrado recuperar doscientas mil, bajo el imperio de la ley de víctimas y el país prendió en llamas, alimentadas estas, con la yesca de aquellas regiones en donde a apunto de motosierra, se le notificó al país, la decisión de posicionar un proyecto político que garantizaría total impunidad y status quo ¿entonces para qué paz, si en la guerra les ha ido tan bien?
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