En los procesos pacificadores la memoria histórica narra las causas y formas de violencia. Idéntico valor tiene esta para explicar la evolución de las formas culturales. En otrora los docentes al tratar cada tema, referían sus “antecedentes históricos”. Hoy, hasta en las monografías falta ese valioso acápite.
Cuando la tecnología ya no da lugar a la curiosidad, es bueno referir a los jóvenes cómo hace décadas se disfrutó del cine. La penumbra de las salas daba solemnidad al espectáculo, al que se asistía acompañado porque invitar a cine con la aprobación de los suegros fue de los primeros actos de galanteo.
Por conmover mi explicación sobre “Love Story” de Arthur Hiller, me aceptó mi primera novia. En Cali hubo 20 salas: Bolívar, Aristi y San Fernando, estratos A; Cinemas y Colón, clase B; las demás eran populares: San Nicolás, Palermo, Sucre, Ayacucho, Avenida, Alameda, Asturias, Ángel, Belalcázar, Rivoli, México, Alférez, Isaacs, Troncal y Variedades. En estas últimas toda la tarde proyectaban dos filmes, se podía entrar a función continua y repetir las películas.
Recuerdo entre mis pilatunas haber capado colegio para ir a cine en gallada. En algunos barrios improvisaban teatros en casonas con bancas y proyectores en desuso, les denominaban “Teatro mechas”.
En las escuelas solían programar cine porque hubo un empresario pobre que con un mini proyector presentaba el espectáculo a domicilio. Toda esta magia se extinguió cuando apareció el betamax, las video tiendas y fue posible ver cine en casa. Que vuelvan las parejas a cine y que guiar la novia entre la penumbra vuelva a ser un gesto de caballerosidad.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

