Roguemos que Ciro Guerra gane el Premio Oscar para ver si cambia nuestra estima por el cine colombiano.
Será porque por mucho tiempo sólo fuimos consumidores del cine de Hollywood, que se den estos fenómenos, por ejemplo, que esta vez sí creamos en el talento de nuestros cineastas. Recuerdo que en mayo del año pasado, cuando nuestro guerrero fue ovacionado y galardonado en el Festival de Cannes y mientras El abrazo de la serpiente se exhibía con éxito en las salas europeas, aquí se sostuvo apenas unos días en la cartelera nacional debido a la pobre respuesta del público colombiano.
En cambio desde hace algunas semanas, cuando se volvió a hablar de la película porque empezó a sonar entre las nominadas al premio que concede la Academia Norteamericana de Cine, sí llama la atención de los cinéfilos, tanto que me ha sido imposible repetirla, porque cada vez que me acerco a la taquilla se agota la boletería. Bueno, aunque sólo le creamos a los premios gringos, lo importante es que esta coyuntura del séptimo arte nos sirva para que aprendamos a apoyar y a amar las producciones nacionales.
La nominación al Premio Oscar es un reconocimiento a este guerrero cuyas películas se distinguen por esa profundidad que estimula la reflexión y nos incita a investigar. El abrazo de la serpiente me remitió a repasar tres libros que se pronuncian sobre los problemas que ahora Ciro Guerra retoma: Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas; La Vorágine, de José Eustasio Rivera, y Siervos de Dios amos de Indias, de Víctor Daniel Bonilla.
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