Sin duda, la pobreza cultural es la puerta de entrada a la manipulación y la adopción de decisiones erróneas.
Pero resulta aún más infame, si quien se aprovecha de la insuficiencia educativa es alguien con la suficiente erudición sobre el asunto materia de tergiversación.
En Colombia hace carrera ganar controversias jurídicas y políticas a partir de esta estratagema y son un continuo ejemplo de ello el señor Procurador, muchos congresistas de los partidos de derecha y prominentes figuras de los credos religiosos del país. Para ello se recurre a la adaptación de argumentos científicos o históricos confundiendo a las mayorías con fines polítiqueros y doctrinales.
Colombia es un estado laico, aunque extremadamente idólatra, en donde conviven el fervor religioso con las conductas violatorias de las mismas leyes divinas. No resulta sorprendente descubrir en los creyentes defensores con ahínco de unas normas aunque ello implique transgredir otras que son fundamentales.
Son materia de actual controversia la adopción de niños por familias homoparentales y la difusión de cartillas con medidas en contra del bullying y la discriminación de menores de orientación sexual minoritaria.
El método usado por politiqueros y jerarcas religiosos es emplear falacias que se construyen desde lo instructivo, lo estadístico, lo causal o a través de ambigüedades. Estas técnicas buscan respuestas emotivas como las que nos vinculan a la religión, el nacionalismo y la radicalización ideológica.
Sugiero respetuosamente a los lectores am pliar el análisis científico sobre estas materias tan sensibles, para no favorecer los intereses de algunos mediocres y egocéntricos quienes buscan consolidar sus privilegios a través de alardear como defensores del bien común y la moral pública.
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