Ayer hizo 26 años, el M-19 de la mano de su comandante general Carlos Pizarro presidió el acto solemne de la dejación de armas en Santo Domingo, Cauca. Una decisión que meses después le costara la vida, pero que permitió concretar para Colombia las bases de la paz de los 90 y la definición de un nuevo tratado constitucional.
En esos 90 y en medio de la tragedia de la muerte de Pizarro, a esa Colombia ultra goda su sacrificio no le parecía suficiente, quería desaparecerlos a todos, pero esa torva conspiración fue derrotada por la decisión inquebrantable de enterrar las armas como proyecto político por parte de sus sobrevivientes. Esta experiencia abrió un camino para que 25 años después fuese retomado por las Farc.
Hoy estamos obligados a blindar este proceso, para que ninguno de sus dirigentes y militantes vaya a ser objeto de agresión alguna, muy a pesar de la perenne existencia de odios irredentos, de ahí la importancia de diseñar un modelo de reincorporación que ofrezca plenas garantías, no solo para sus vidas sino para su ejercicio político como una fuerza opositora y rebelde.
Nada más perturbador para estos propósitos que la indefinición del proceso con el ELN, todos los analistas han coincidido que la existencia de las Bacrim, constituye una grave amenaza, pero la guerra que se cierne contra el ELN es, sin duda, una lamentable amenaza para los anhelos de paz, de vida y tranquilidad nacional. Es el momento de pedirles al Gobierno y a esta guerrilla que no claudiquen en el propósito de liquidar esta guerra anacrónica y sin futuro.
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