Después del ex presidente López Pumarejo, no habíamos tenido un presidente de la dimensión histórica que hoy ostenta el presidente Juan Manuel Santos. De lejos su obra trascenderá el umbral de su propio mandato, los niños de nuestras generaciones futuras escucharán su nombre y los jóvenes del mañana, conocerán su brega política para lograr hacer la paz en un país en donde una parte importante no la quería y a la otra, “poco le importaba”, a pesar de padecer una guerra todos por igual más de medio siglo, y que dejó tendidos en campos y ciudades cientos de miles de muertos.
Solo un colombiano contó con las condiciones suficientes, para hacerle frente a las arremetidas del diablo que, azuzó siempre la guerra, desde la criminalidad y la legalidad; desde el discurso político y la puñalada trapera; desde la demanda formal y la estrategia engañosa; desde arrebatos de odio, hasta el despropósito y la demencia.
De no estar un hombre, con la flemática determinación del presidente Santos, frente al timón de la historia en estos tiempos de turbulencia -como los que en el pasado frente al fracaso de la política, encendieron de beligerancia nuestros ánimos- no habríamos sido capaces de interrumpir el ritual de la muerte que, parecía gobernar fatalmente nuestras vida, es este mismo colombiano, el nobel de paz, reconocido por la comunidad internacional sin distingos, como el ciudadano excepcional que logró concluir una de las guerra más largas y crueles de la historia reciente.
Nos tocará entonces, al resto de los mortales de este singular país, tener el valor de imponer esta paz, contra viento y marea.
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