Cali es una ciudad hermosa, pero también profundamente desigual. Cuando una recorre sus territorios entiende que esa desigualdad también se expresa en el acceso a internet, a los servicios y a las tecnologías.
En mi anterior empleo recorrí permanentemente algunos de los sectores más vulnerables de la ciudad.
Para mí siempre ha sido una prioridad comprenderla desde el barrio, caminarla, escuchar a su gente y reconocer las distintas realidades que conviven en ella.
Hay lugares donde el internet falla y muchas personas todavía desconfían de las transacciones digitales, entre otras razones, por las múltiples estafas que conocemos.
Generaciones como la mía, y las anteriores, también estamos haciendo esa transición.
Yo nací en Guapi y siempre he tenido una relación práctica con la plata.
Hago transferencias, uso cajeros, pero también cargo efectivo. ¿Y qué tendría eso de extraño?
Desde que llegué a mi primer empleo, ya hace muchos años, aprendí recorriendo territorios que ejercer una responsabilidad no podía alejarme de mi historia como lideresa social: escuchar, acompañar y buscar soluciones.
Por eso, cuando podía apoyar alguna actividad con mis propios recursos, lo hacía. A mí también me ayudaron muchas veces y aprendí el valor de la solidaridad.
Pero algo empezó a llamarme la atención: para algunas personas parecía extraño que yo tuviera efectivo o pudiera utilizar mis propios recursos para ayudar.
Muchas veces era algo tan sencillo como aportar para arroz, huevos o pan, o entregar algún recurso cuando estaba a mi alcance.
Y alguna vez pensé, con cierta ironía: ¿pues qué creen, que a una le pagan con tapitas?
Los empleos se pagan con dinero. Y el dinero que recibimos como fruto de nuestro esfuerzo podemos retirarlo, ahorrarlo, transferirlo, compartirlo o utilizarlo en efectivo.
Ninguna de esas decisiones, por sí sola, dice algo sobre la honestidad de una persona.
Quienes ejercemos o hemos ejercido responsabilidades públicas debemos tener especial cuidado con convertir nuestros prejuicios en sospechas.
La transparencia es indispensable, pero exige hechos y rigor, no interpretaciones sobre comportamientos cotidianos.
La tecnología facilita la vida, pero no certifica la honestidad.
Pagar digitalmente no hace a nadie más correcto, así como cargar efectivo no hace a nadie menos confiable.
Modernizarnos no puede significar reemplazar viejos prejuicios por nuevos.
La transparencia se demuestra con los actos, no con la cantidad de aplicaciones que usamos ni con la forma legítima en que administramos nuestra plata.
Porque la honestidad no está en el bolsillo ni en una aplicación: está en la manera como caminamos por la vida.
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