Se cumplió un año del conocido estallido social provocado por un paro que por poco y acaba con Cali. Estos 12 meses ofrecieron la oportunidad de reflexionar qué significó para la ciudad lo sucedido.; cómo se ha recuperado lo perdido y, sobre todo, el trauma que los bloqueos y el vandalismo nos dejó, cosa de la que poco se habla, como si fuera Bruno.
No es normal que una ciudad capital cese actividades en medio de la semana, mucho menos en época de campaña presidencial. No obstante, el pasado 28 de abril, Cali parecía una ciudad fantasma, un distrito abandonado, desolado, con negocios cubiertos nuevamente con tablas y latas por el miedo a los disturbios.
La advertencia (para algunos es una amenaza) de una nueva jornada de bloqueos, vandalismo y persecución fue todo lo que necesitó el caleño para cerrar su tienda y quedarse en casa, con tal de no arriesgarse a perder (de nuevo) su patrimonio.
Y no es para menos. Las imágenes imborrables de saqueos, desabastecimiento, estaciones incendiadas, pollos comiéndose entre sí por falta de alimento y filas para ‘tanquear’, dejaron un panorama que se sustenta en cifras: El paro casi acaba con Cali.
El saldo del estallido quedó en 58 estaciones MIO vandalizadas, 200.000 empleos perdidos (en el Valle), $2 billones en pérdidas para el Departamento, 16 fallecidos, 785 heridos y un daño irreparable en la confianza del caleño.
El Paro descubrió todos los detalles que hacen de Cali una ciudad complicada y problemática, y que la tienen a punto de ser un distrito fallido. El caleño común se dio cuenta de la fragilidad de su cotidianidad, de lo fácil que es paralizar todo el aparato productivo y funcional del territorio y, sobre todo, de la disposición de algunos ciudadanos para facilitar e impulsar esa parálisis. Hoy, la zozobra que se vivió en el paro continúa en el ambiente, tenso e intranquilo, y el caleño que antes vivía en la Sucursal del Cielo hoy se siente en la Sucursal del Miedo.
Se han recuperado puestos de trabajo, se ha normalizado la crisis de salud pública, se ha retomado en alguna medida la “normalidad”.
El problema es que esa normalidad, que ya era complicada, adquirió un tono amenazante, intranquilo, volátil. Cali no ha sanado, y no lo logrará mientras no haya la voluntad y el liderazgo para unir en lugar de dividir.
La ciudad ha mostrado que es capaz de sobrevivir, pero para vivir bien (no sabroso) es necesario hacer paces con el pasado, conciliar un camino a futuro y empezar a construir. Yo no quiero que mi ciudad sea la Sucursal del Miedo ¿Y vos?
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