Hace un poco más de seis años—martes 3 de marzo del 2009— la hoy senadora Claudia López, en una columna en el periódico El Tiempo, opinaba que “Colombia necesitaba un proyecto político de centro, que descarte a la derecha paramilitar y a la izquierda revolucionaria”. Agregaba, además, que “por centro se refería a un proyecto que promoviera la democracia liberal como sistema político, el capitalismo como sistema económico, la ética y la equidad como principios rectores de ambos sistemas y el rechazo al uso de la violencia y la mafia en la política, venga con ropaje de izquierda o de derecha”. De eso, actualmente, no tenemos nada, salvo el capitalismo salvaje que nos corroe, la inmoralidad política que está peor que antes y de equidad ni hablemos.
Mauricio Botero Caicedo, hijo del exministro Douglas Botero Boshell, escribió hace algún tiempo en El Espectador que “la extrema izquierda solía anteponer los ideales a los apetitos burocráticos”.
Hoy es al contrario. Un solo ejemplo: Bogotá. Tres gobiernos de izquierda la caotizaron y la vulneraron. Dos ejemplos más, por no mencionar otros: Brasil y Venezuela, agraviados gracias a la corrupción de gobiernos izquierdistas.
Héctor Abad Facciolince también escribió hace poco en el mismo diario que “lo típico del fascismo es ser al mismo tiempo revolucionario y reaccionario. Nacionalista, anticapitalista y populista, con la característica de aprobar sistemas electorales mayoritarios en el que basta una pequeña mayoría en la votación para obtener una gran mayoría en el Congreso”.
Colombia, políticamente, tiene mucho de las tres opiniones anteriores, pero de centro, nanay cucas. Por eso nuestra nación es un vaivén de colores donde solo predomina el interés personal.
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