Leí una nota que me dejó preocupado. “En el oriente de Cali, las niñas están acorraladas por las pandillas”, decía la noticia.
Recuerdo que las abuelas –y mi madre, sobre todo, cuando me veía agarrado de las mechas con mi hermana- solían repetir sin cesar que “a la mujer no se pega ni con el pétalo de una rosa”.
Palabras líricas que horadaron en mi interior como un misterioso mantra. Repetir en este editorial las frases de la nota dominical es un ahorro de escritura mal visto, pero ayuda a elevar los decibeles de un eco de reclamación obligatorio.
Y asumo reflexivamente cualquier crítica porque las frases encontradas son brutales: “Desde los 12 años, ellas tienen que acceder a sus propuestas sexuales, porque si no lo hacen las acosan, las maltratan, las golpean”.
Otra: “Una, dos, tres, cuatro… diez… veinte… treinta… cuarenta… cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos. Los insultos, seguro, se acabaron pero las puñaladas no.
A la niña de 13 años le perforaron la piel 52 veces: el cuello, la espalda, el abdomen. Y la arrastraron y la pisotearon y la golpearon y la obligaron a comer tierra”.
Y a manera de conclusión de una bestialidad que avergüenza: “La sevicia, esa vez, tampoco tuvo límites. El cuerpo de la menor apareció con un palo incrustado en la vagina”.
Duele que los que pueden hacer y deban hacer algo por mandato popular no lo hagan.
Esta actitud y falta de diligencia es incluso más criminal que el actuar de las pandillas.
Recito de nuevo a Amado Nervo: “‘No hieras a una mujer ni con el pétalo de una rosa’; más yo te digo: ‘no la hieras ni con el pensamiento'”.
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