El conflicto de las pandillas, el microtráfico, la guerra entre bandas que heredaron las actividades ilícitas del cartel de Cali y las venganzas personales, alimentan el desalentador panorama de la seguridad de Cali. Según, la Policía Metropolitana, el 34% de los asesinatos obedecen a venganzas sicariales y un 36% a riñas.
En promedio, cada día son asesinadas cinco personas, la mayoría menores de 30 años.
La falta de oportunidades es uno de los tantos enemigos de la vida de los muchachos y tiene consecuencia directa en el hacer de la población, en la economía de la ciudad y en la convivencia.
La pregunta es: ¿Cómo hemos llegado a esto? Hace algún tiempo, trabajé con jóvenes involucrados en grupos violentos, sobrevivientes de los ambientes más duros, de las desdichas personales más amargas y del rechazo de las personas que ignoran sus sueños.
Estos jóvenes que se están matando son el resultado de la descomposición social que nace – como un espejo – de mujeres golpeadas y asesinadas a manos de sus parejas, de niños abusados por sus mismos padres, de políticos expertos en desangrar el erario público y de una justicia vergonzosa que no avanza, distrae los procesos y trabaja para el amaño de los corruptos.
Esto lo empezamos a cambiar, el día que entendemos que la responsabilidad de los actos es personal y que antes de defender baldosas debemos haber pasado por contemplar el piso. La clave para amortiguar el delito está en reconocer, valorar y darle continuidad a los programas de gobierno que se llevan a cabo con los jóvenes en conflicto, con la mirada puesta en cerrar la brecha de la discriminación social.
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