Rodrigo F. Chois

Motocicletas y “Ángel de la Guarda, dulce compañía”

Rodrigo F. Chois

¿Quién siendo niño no le rezó a su Ángel de la Guarda? Juntábamos las manitos y proseguíamos pronunciando la plegaría: “No me desampares ni de noche ni de día”.

Luego pasó el tiempo, crecimos y abandonamos al ángel a quien –según la tradición- Dios le encomendó la tarea de protegernos durante toda nuestra vida. Algunos se olvidaron de él; otros -como yo- lo escuchamos en ocasiones cuando nos susurra al oído: “no hagas esto” o “has aquello”; y son, por fortuna, más las veces que le hacemos caso y pocas en las que desobedecemos.

El tema del Ángel de la Guarda lo traigo aquí a colación debido a la pasión que he desarrollado de salir a rodar en moto; pero sobre todo por los sustos que he vivido y que más de una cana me han producido.

No cabe duda amigos que antes de salir a rodar debemos protegernos con toda la parafernalia que nos aconseja el sentido común: el casco, los trajes protectores, las rodilleras, las botas especiales, etc. y etc.

Sin embargo, escribo en esta nota un agüero que he desarrollado y que recomiendo también usar a quienes comulgan conmigo con tan arriesgada pasión, y en especial para aquellos que siguen creyendo y tienen fe en su Ángel Guardián a pesar de ser mayorcitos.

Cuando conduzco en solitario en la moto, bajo los calapies del copiloto; ¡No los repliego! Profeso el agüero y la convicción de que en tales ocasiones mi Ángel Guardián se sienta detrás mío. Logro así correr más rápido de lo que le darían sus alas para perseguirme y asegurarme que jamás él me desamparará.

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