Los tres significados congregan el conjunto de características por las que un sujeto recurre activamente al engaño y, por ende, al auto engaño.
Pero si además agregamos que dicho individuo ejerza un cargo de autoridad pública, sus acciones y palabras se convertirán en un galimatías para el colectivo bajo su dirección.
Un presidente, un ministro, alcalde, concejal o diputado provisto de estas características se transforma en una pesadilla para los ciudadanos, pues su discurso se centrará en deformaciones de la realidad social que todos debemos sobrellevar.
Por ello cuando descubro que la realización de un estudio econométrico está supeditado a la recolección de muestras confusas o a la manipulación de informes favorables al gobernante contratante del análisis, quien determinará a través de ellos la ruta para crear políticas públicas, no puedo mas que concebir un ejercicio gubernativo provisto de incoherencia y tribulación.
Y las cifras que reporta el Dane son ejemplo de ello, como lo reafirma su director, porque para examinar el comportamiento de la variable de empleo, en la muestra que se asume para el análisis, son viables todos los empleos informales desde que el ciudadano haya estado ocupado y remunerado en al menos una hora en la semana de referencia del estudio.
Me perturba que de dicho resultado dependen todas nuestras actuales políticas públicas de generación de empleo, porque ¿qué garantías laborales y prestacionales pueden sobrevenir de la informalidad? Estas investigaciones del Dane lucen como las que se realizan en Cali para medir el impacto de la inseguridad o los informes sobre las finanzas departamentales o la funcionalidad del MIO. En conjunto, todas estas acciones solo producen incredulidad y desasosiego entre la ciudadanía.
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