Miguel Yusty

Mis primeros dos años de post-covid

Miguel Yusty

Los que hemos sobrevivido a la tragedia de adquirir el covid-19 cuando no había vacunas en Colombia, y mucho menos cuando la medicina colombiana no tenía certeza de qué era y qué podía pasar con quienes integramos las salas misteriosas de las UCI, hemos contado esta dura experiencia.

En mi caso particular, relaté por todos los medios de comunicación y escribí varias columnas sobre cómo de un momento a otro y sin previo aviso, en el curso de 5 horas, fui a dar directo por 40 días entubado y con traqueotomía a la clínica Valle del Lili.

Todo esto está contado de manera minuciosa y he dado y reconocido las inmensas gratitudes a mi familia y a mis amigos que oraron por mi salvación en toda parte. Sin embargo, no vayan a creer que estos dos años que cumplí el 17 de julio pasado han sido una fiesta, con felicitaciones y aplausos todos los días.

Lo cierto es que he vivido una dura realidad impactada por crisis de carácter cardiaco e inflamaciones en distintas partes de mi cuerpo que muchas veces me han hecho pensar que la batalla que gané al salir de los dos meses de hospitalización la podía perder en cualquiera de estos eventos, que hoy día la medicina los tiene identificados, en torno a una narrativa que clasifica los efectos adversos del covid por etapas tipificando las patologías, que van desde muertes inesperadas, hasta circunstancias de absoluta inmovilidad y pésima calidad de vida por las neuropatías, las enfermedades coronarias, los problemas renales, neurológicos y los estados de invalidez permanente en que se encuentran miles de pacientes que sobrevivieron al virus.

En febrero de 2021, en una decisión drástica, muy difícil de tomar, me realicé la operación para corregir el trauma del pie caído, que era la primera herencia grave de mis 40 días de entubamiento.

Y cuando ya en julio del 2021 me sentía salvado y pretendía haber vencido los coletazos del covid, tuve que someterme a un cateterismo e iniciar la faena de controlar presión arterial y comprometerme a exámenes rigurosos cada tres meses.

Yo, que las he superado todas, con base en una férrea disciplina, entrenando todos los días con mi terapeuta y disfrutando el milagro de haber podido aprender a caminar, todavía me encuentro con amigos lejanos y cercanos, quienes me miran con asombro, como si fuera un espanto o un fantasma, al punto que alguno de ellos exclamó por estos días que verme era un golpe muy duro para los ateos, porque en realidad de verdad estos dos años de post covid son un milagro de Dios.

Para redondear, el trabajo científico cada día toma más cuerpo, fortaleciendo investigaciones que estudian el impacto del covid un año después.

Yo formo parte de uno de esos trabajos que está haciendo la fundación Valle del Lili, que pretende medir el grado de impacto en la salud cardiaca de quienes estuvimos muchos días entubados.

En el caso mío, mi estadía supera los márgenes que en ese momento se podían garantizar, pues los indicadores de mortalidad fueron altísimos en el 2020 y en el 2021, con índices que aterraron a nuestras familias y a los agentes del Estado. Y digo que son mis primeros dos años porque no sé cuantos pasaran hasta que pueda decir: “Le gané la guerra al covid”.

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